Novena de Navidad 2025
Día 8
El Agua
Después de conocer a algunos personajes de la Tierra, el Principito se reunió nuevamente con el aviador, quien bebía su última provisión de agua. El Principito relató esos encuentros sin despertar interés alguno en su interlocutor, también mencionó a su amigo el zorro. El aviador le dijo que ya no se trataba del zorro porque se iban a morir de sed. El Principito respondió que era bueno tener un amigo aún si fueran a morir.
Algo resplandece en el silencio
Al aviador, adulto después de todo, el pequeño hombrecito por momentos llegaba a impacientarlo. Parecía no tener sed y no medir el peligro. Pero el Principito manifestó que también tenía sed y que deberían buscar un pozo. El piloto pensó que era absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto, pero se pusieron en marcha y caminaron horas en silencio hasta que cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. —El agua puede también ser buena para el corazón— dijo el Principito, y añadió: — Las estrellas son bellas por una flor que no se ve. El desierto es bello— El piloto pensó que en verdad el desierto era bello y que él siempre lo había amado. Puede uno sentarse en un médano de arena, no se oye nada, no se ve nada, y sin embargo algo resplandece en el silencio… Para el Principito, lo que embellece al desierto era que esconde un pozo en cualquier parte. El piloto manifestó su acuerdo, pues ya se trate de una casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible. Al Principito le gustó que estuviera de acuerdo con su zorro..
Buscar con el corazón

El piloto traslada al Principito dormido en sus brazos, le parece cargar un frágil tesoro. Le parece también que no había nada más frágil sobre la Tierra. A la luz de la luna, miró su frente pálida, sus ojos cerrados, sus mechones que flotaban al viento y se dijo: “Lo que veo es sólo una corteza, lo más importante es lo invisible”. Lo que le emocionaba tanto de ese principito dormido era su fidelidad por una flor, era la imagen de una rosa la que resplandecía en él como una lámpara, aún cuando dormía. Caminando así, con el Principito en brazos, como cuando llevamos con ternura a nuestro Principito interior, descubrió el pozo al nacer el día.
El pozo al que llegaron no se parecía a los del Sahara, era como el de una aldea, y parecía estar con todo listo, esperándolos. El Principito rió, tocó la cuerda e hizo rodar la polea, “¿Oyes?”, dijo, “Hemos despertado al pozo y el pozo canta…” “Tengo sed de esta agua, dame de beber”, dijo, y el piloto comprendió lo que había buscado. Levantó el balde hasta sus labios, la bebió con los ojos cerrados, TODO ERA BELLO COMO UNA FIESTA. El agua no era un alimento. Había nacido de la marcha bajo las estrellas, del canto de la polea, del esfuerzo de sus brazos.
El Piloto se dijo: “Era buena para el corazón, como un regalo. Cuando yo era pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, formaban todo el resplandor del regalo de Navidad que recibía”
El Principito dijo que en la tierra del piloto los hombres cultivan cinco mil rosas en un solo jardín, pero no encuentran lo que buscan. Y que, sin embargo, lo que buscan pueden encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua… Pero los ojos están ciegos, concluyó, es necesario buscar con el corazón.
Este bello relato habla por sí solo y nos sacude con su sencillez para ver más allá de las apariencias. En este día tan próximo a la llegada de Jesús, despojémonos de las conveniencias, máscaras y costumbres que nos impiden mirar realmente lo esencial, y tratemos de encontrar lo que siempre hemos buscado, en nuestra rosa, en un poco de agua…
Blanca
23 de Diciembre