Novena de Navidad
Día 5
El Planeta Tierra
EL Principito, habiendo caminado largo tiempo a través de arenas, rocas y nieve, descubrió al fin una ruta. Y todas las rutas van hacia la morada de los hombres. Encontró un Jardín florido de rosas, todas parecidas a su flor, que le saludaron. El principito se sintió muy desdichado. Su flor le había contado que era la única de du especie en el universo, y he aquí que habían cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín. “Se sentiría muy velada si viera esto, de fijo el Principito, tosería enormemente y aparentaría morir para escapar al ridículo. Y yo tendría que aparentar cuidarla, pues si no, para humillarme, se dejaría verdaderamente morir… Me creía rico con una flor única y no poseo más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe…” Y, tendido sobre la hierba, lloró.
Las ventanas del alma
La Rosa se cree única y especial como nos ocurre a nosotros, los adultos, que vivimos queriendo y muchas veces creyendo ser algo que no somos, rigiéndonos por unos ideales que el mundo va marcando, dedicando muchas horas a mirarnos al espejo, a disfrazar nuestras tristezas y frustraciones, pero no a mirar al interior de nuestros ojos, “las ventanas del alma”, en donde aflora nuestra verdadera belleza, la de nuestro ser interior, la de nuestro Principito. Somos seres creados a imagen y semejanza de Dios, llevamos en nosotros un destello de divinidad, pero también tenemos que desenvolvernos en el mundo que nos ha tocado vivir. Podemos hacerlo, podemos disfrutar de nuestro trabajo, de nuestros hogares, tratando de hacerlo con la inocencia y pureza del Principito, sorteando los obstáculos, las espinas y los sufrimientos que también él debió sortear cuando salió de pequeño planeta, su hogar, Su mundo interior.
Sin embargo, es verdad que el impacto del mundo es tan grande, nos arrastra a observarnos a través de una realidad totalmente distorsionada, a competir unos con otros, a tratar de ser “la única rosa del universo” y a morir un poco cuando nos enteramos de que sólo somos una de tantas, o a regocijarnos mirando a las otras flores, tratándolas de marchitas, descoloridas, sin gracia, sin valor, sin darnos cuenta que cada una carga sus espinas y que está destinada, como nosotros, a una vida corta y efímera.
La Rosa del Principito saca a flote una de sus espinas más duras: las de la manipulación, el afán de manejar a los otros, de hacerles sentir culpables, o simplemente de ordenar a diestra y siniestra sus vidas para tratar de cubrir el propio vacío interior. El Principito tuvo que abandonar su planeta, su casa, por el dolor que le causaba su rosa. ¡Cuánto daño hacemos a los demás, a veces sin quererlo, pero otras con esa maldad y ese afán de poder que nos sale a flote y que tarde o temprano se volverán contra nosotros, dejándonos en un planeta árido, vacío y solitario.

La buena noticia es que siempre, en cualquier momento de nuestras vidas, podemos rectificar, podemos ser mejores, generosos, comprensivos, solidarios, y, al hacerlo, no solo mejoraremos las vidas de los demás sino nuestra propia vida. Estamos viviendo una época dorada, la próxima llegará de Jesús, el Niño de Luz y de sonrisa bondadosa, el que cada año es capaz de enternecer los corazones más duros con los recuerdos, sentimientos y claridad de consciencia que hace brotar en nuestros corazones.
Cambiemos. Reguemos nuestra flor, siendo conscientes de sus espinas y de su vida efímera, y abramos nuestros brazos al Niño Jesús, que, como el Principito, asoma en esta época del año para recordarnos que la humildad, la inocencia y la bondad yacen siempre en los corazones de los hombres y que sólo hace falta una pequeña chispa de magia y de amor para revivir La Paz y el Amor en los corazones de la humanidad.
Blanca
Diciembre 20 2025